UN PROGRAMA PARA SEGUIR ...

NO PARA VER

 

 

IV DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO: ¡DICHOSOS VOSOTROS! 

1.En los domingos pasados contemplábamos todavía las imágenes de la Navidad; un niño que nacía en medio de pañales, adorado por pastores, reverenciado por reyes y bautizado –como punto de salida en su misión- en el Jordán.

Los cristianos, cuando nos reunimos los domingos en el nombre del Señor, es porque queremos conocer y llevar a la práctica el programa que El nos propone. El mensaje de las bienaventuranzas supone no quedarnos delante del monitor de la fe absortos,  perdidos en las escenas o como meros espectadores en el gran patio de butacas en el que, muchas veces, se convierte los bancos de nuestras iglesias. Cada domingo, al sintonizar con el programa de Jesús, intentamos asumir unos valores que, gráfica y sintéticamente, nos presenta magistralmente en las bienaventuranzas.

2. Era fácil (aunque no para todos porque muchos ni se enteraron) doblar la rodilla ante el recién nacido, cantarle villancicos, celebrar su llegada con luces, árboles, pesebres y dulces. Pero, Jesús, no ha bajado para eso. Trae debajo de su brazo una propuesta de salvación: la felicidad, que Dios quiere para nosotros, se alcanza viviendo consecuentemente como hijos de Dios.

Ahora, cuando vemos cómo Jesús crece, que ya no llora,  sino que habla y que se sienta enseñando como un Maestro comprendemos que esto va en serio. Que la vida de un cristiano no puede quedar reducida a un figurar como acompañantes de Jesús (ni tan siquiera como simples imitadores) sino conscientes de lo que dice y de los efectos que produce el “pertenecer” a esa gran audiencia del programa de Jesús.

La gran bienaventuranza que Jesús nos desea es precisamente el ser felices siguiendo estos puntos que, en más de una ocasión, acarrean incomprensión, crucifixión, desconcierto y soledad.

No resulta cómodo salir a la gran pantalla del mundo proponiendo recetas que resultan incomprensibles, chocantes y amenazantes a una realidad acostumbrada a la dureza y a la soberbia, a la violencia o a la apatía general.

Puede que para más de uno, lo que para nosotros sea una bienaventuranza, sea todo lo contrario.

Por lo menos, y hoy más que nunca, intentaremos  con la “contraprogramación evangélica” ofrecer un poco de originalidad y  de salvación a muchas personas que lloran, sufren, son perseguidas por sus nobles ideas, pregonan la paz según Dios o simplemente van en otra dirección muy distinta a los que intentan programar la vida de los demás con el “todo vale y todo cuela”.

J.Leoz