Se cierra una era y se abre otra. Es la etapa del ESPÍRITU. Dios se hace de nuevo invisible al ojo humano... pero cercano y confidente, cómplice y voz en el interior del que lo  busca.

Pentecostés es la promesa de Aquel, que después de su Resurrección, se hizo el encontradizo con sus amigos. Es el día “0” de la Iglesia que nace.

Pentecostés es la prolongación del nombre de Jesús, de su vida y de sus misterios, en ese gran altavoz y familia que es su Iglesia.

Pentecostés es de nuevo el “DIOS CON NOSOTROS”. Teniéndole... la duda desaparece, la alegría se recupera, la caridad se acentúa, las pruebas se superan.

Pentecostés es la inyección que necesitamos para vivir como Jesús lo hizo. Es la vitamina que nos renueva como hijos de Dios. Es una transfusión continua que viene del cielo a la tierra.
 

En Pentecostés... se nos invita a la unidad

En Pentecostés... se nos urge a luchar por los ideales cristianos

En Pentecostés... agradecemos a Dios el don de su Iglesia. Santa (por estar fundada en El)  frágil y pecadora (por estar conformada por nosotros hombres y mujeres de carne y hueso).
 

Hoy, en PENTECOSTÉS, es una nueva oportunidad para renovar nuestra misión de cristianos. Todos estamos llamados a descubrir alguno de los carismas y dones que Dios nos ha regalado. Y, todos, tenemos alguno que otro. Otra cosa es que queramos o no queramos  ponerlos al servicio de los hermanos.

Hoy, en PENTECOSTÉS, se acrecientan los vínculos entre los que estamos llamados a ser hermanos. Desaparece el escándalo de la Torre de Babel....la división entre hijos de una misma iglesia....la pobreza en las obras.....la falsedad o cobardía en el campo de la Fe.

Hoy, en PENTECOSTÉS, agradecemos a Dios la diversidad de lenguas y de culturas. Pero, sobre todo, nuestro agradecimiento se multiplica por mil porque El sigue siendo (en medio de la multiplicidad y diversidad de pueblos) el TODO que nos hace UNO.

Hoy, en PENTECOSTÉS, sentimos la llamada a la comunión con los hermanos. A ser largos y desprendidos con los menos agraciados y afortunados. A ser conscientes de que somos ricos, no en tanto y cuanto tenemos, sino en cuanto somos capaces de compartir lo que en otros puede ser sustento seguro.

Hoy, en PENTECOSTÉS, afinamos el oído aún en medio del mundanal ruido. Que nada (música estridente, ruido, coches, contaminación, griterío, televisión y radio, dudas y batallas...)  nos impida buscar un espacio para el silencio. Para escuchar los gemidos de una tierra que se debate entre la luz y la oscuridad, entre la paz y la violencia, entre la riqueza y la pobreza, entre la fe y la incredulidad. Los gemidos del mundo... son los gemidos de Dios. No hay peor sordo... sino aquel que no quiere oír.

 

¡FELIZ PASCUA DEL ESPÍRITU SANTO!

¡HOY, EN VERDAD, ES PENTECOSTÉS!

 

Javier Leoz

Sacerdote