DIOS SE HUMANIZA

 

 

 

 

Dios baja de las nubes. Se hace presente en medio de su pueblo. Lo hace de una manera increíblemente desconcertante: hombre y primero niño, hombre y Dios.

 

 

-         Un niño que llora

 

-         Un niño débil

 

-         Un niño necesitado

 

-         Un niño que se deja querer

 

Dios, ha hablado de muchas maneras, en diversas etapas de la Salvación….pero no se conforma con eso: quiere que le veamos, que le toquemos, que contemplemos fisicamente su amor.

Es un Dios que nos quiere profundamente y, porque nos quiere, desea estar cerca de nosotros.

Un ejemplo:

Cuando los hijos marchan lejos a estudiar, los padres trabajan para que sigan adelante, hablan por teléfono con ellos, les envían alimento, cartas y -si es necesario- apoyo económico.

Pero, tal vez, en algún momento se plantean: ¿Y por qué no vivir cerca de los hijos alquilando o comprando un piso? Con eso podríamos estar cerca, seguirles, atenderles y….seguir cuidando el amor de la familia.

Con Dios ocurrió tres cuartos de lo mismo: quería y quiere estar cerca de nosotros. Y, porque a veces nos hemos ido lejos (demasiado lejos) no compra un piso, ni una vivienda de lujo, ni un ático…..ni tan siquiera un sótano: pide prestada una cueva, una gruta.

Es el amor sin límites, transparente, limpio , radicalmente divino. Sólo DIOS, por amor, sería capaz de dar semejante salto: EL CIELO Y LA TIERRA SE ABRAZAN. Es el máximo exponente de la locura de Dios. Ni Dios, aparentemente, podía caer tan bajo, ni, el hombre, invisiblemente alcanzar tanta altura.

Éste prodigio lo hemos de meditar durante estas navidades. Nosotros, somos esos hijos que se marcharon, necesitados de salvación (salud, mente, cuerpo, ideas, trabajo, incredulidad, frialdad, comportamientos). La Navidad es eso: DIOS EN MEDIO DE NOSOTROS. Dios restaurando nuestra humanidad caída. Dios brindándose al estilo más puramente humano: nace, llora, crecerá y...morirá por nosotros. Su condición humana le traerá las mismas consecuencias que podemos vivir nosotros mismos, desde nuestra realidad humana y en todas sus dimensiones.

No nos tenemos que escandalizar de que, en algunos sitios o medios de comunicación social, se silencie el MISTERIO DE LA NAVIDAD…ENMUDEZCAN LOS VILLANCICOS, O PONGAN ESCALERAS Y CHIMENEAS PARA QUE SUBA O BAJE ESE PERSONAJE ABSURDO Y COMERCIAL, BARBUDO Y BLANCO, QUE NO TRAE OTRA COSA QUE BIENES MATERIALES.  Entre otras cosas, porque cuando vino Jesús, tampoco lo recibieron y, además, el hombre de hoy, está saturado de regalos, de obsequios, de comidas. El hombre de hoy necesita hondura, profundidad.

La NAVIDAD será alegre, dichosa y añorada, cuando de nuevo –en la vida de muchos- la razón sea un DIOS que reavive los sentimientos de cordialidad, de solidaridad, de hermandad.

Será Navidad, cristiana y verdadera, si Dios es el centro de estas horas que se acercan. El fin de nuestra adoración. La mirada de nuestra oración.

Porque, NAVIDAD, es eso: DIOS...¡DIOS EN JESUS! Y, resulta, que nos hemos quedado (o algunos por lo menos) con el envoltorio (luces, estrellas, regalos y mil excusas) olvidando la razón y ser de estos días.

Es como aquel hombre que estaba tan pendiente de que no se rompiera la tinaja de agua que, fue a la fuente, y se olvidó llenarla.

La Navidad ¿es fuente que llena el corazón?

La Navidad ¿es adorno o es vivencia?

La Navidad ¿es tan fría como algunos la venden?

La Navidad ¿ha pasado ya a la historia?

Creo, sinceramente, que no. Dios bajó y bajará. Dios vino a vernos y volverá a visitarnos. Dios, encontrará adhesiones y rechazos, silencios y aplausos, oraciones y déspotas, indiferencia y adoración, corazones gélidos y otros tantos confortables ante su llegada.

 

Porque NAVIDAD es eso: DIOS…SOLO DIOS…y, resulta que, nos hemos quedado con el envoltorio (luces y demás) pero hemos olvidado el sustrato, que le dio origen.

Es como aquel hombre que estaba tan pendiente de que no se rompiera la tinaja de agua que, fue a la fuente y se olvidó de llenarla.

Meditemos un momento: DIOS BAJA…DIOS VIENE A VERME..DIOS VIENE A SALVARME…A LLENARME DE SU DIVINIDAD.

Javier Leoz