12 LLAMAS DE JAVIER PARA EL AÑO JUBILAR

"¿De qué le sirve al hombre ganar todo el mundo, si pierde su alma?"

 

 

La llama de la fe

 Javier expresaría muy gráficamente las nuevas prioridades de su vida: "¡Qué descanso vivir muriendo cada día, por ir contra nuestro propio querer, buscando no los propios intereses sino los de Jesucristo!"
 

La llama de Cristo

Estableció clases de catecismo para niños y adultos. Popularizó la costumbre de confesarse y comulgar. Enseñaba la religión por medio de hermosos cantos que los fieles repetían con verdadero gusto.

La llama de la solidaridad

El sufrimiento de los nativos a manos de los paganos y de los portugueses se convirtió en lo que él describía como "una espina que llevo constantemente en el corazón".  En cierta ocasión, fue raptado un esclavo indio y el santo escribió:  "¿Les gustaría a los portugueses que uno de los indios se llevase por la fuerza a un portugués al interior del país?.  Los indios tienen idénticos sentimientos que los portugueses".

La llama de la fortaleza

Nada podía desanimar a Francisco. "Si no encuentro una barca- dijo en una ocasión- iré nadando".  Al ver la apatía de los cristianos ante la necesidad de evangelizar comentó: "Si en esas islas hubiera minas de oro, los cristianos se precipitarían allá. Pero no hay sino almas para salvar".  Deseaba contagiar a todos con su celo evangelizador.

 

La llama de la alegría

"Los peligros a los que me encuentro expuesto y los trabajos que emprendo por Dios, son primavera de gozo espiritual.  Estas islas son el sitio del mundo en que el hombre puede más fácilmente perder la vista de tanto llorar; pero se trata de lágrimas de alegría.  No recuerdo haber gustado jamás tantas delicias interiores y los consuelos no me dejan sentir el efecto de las duras condiciones materiales y de los obstáculos que me oponen los enemigos declarados y los amigos aparentes".

La llama de la oración

Su único equipaje eran su libro de oraciones y su incansable ánimo para enseñar, curar a enfermos, aprender idiomas extraños y bautizar conversos por millares. Dedicaba las noches a la oración y, si no lograba vencer el sueño, se acostaba unas horas en el suelo, junto al sagrario.
 

La llama de la Eucaristía

También solía dormir en los hospitales para estar cerca de los enfermos y le gustaba dar catequesis a los niños. Muy lejos ya de sus ambiciones materiales, solía exclamar: "Basta Señor: si me mandas tantos consuelos me vas a hacer morir de amor".

La llama de la valentía

 

La llama de la amabilidad

Empezó a ganarse la buena voluntad de las gentes con su gran amabilidad (a uno de sus compañeros le escribía: "hágase amar y así logrará influir en ellos. Si emplea la amabilidad y el buen trato verá que consigue efectos admirables")

La llama de la soledad

"En medio de todas estas penalidades e incomodidades, siento una alegría tan grande y un gozo tan intenso que los consuelos recibidos no me dejan sentir el efecto de las duras condiciones materiales y de la guerra que me hacen los enemigos de la religión".

La llama de la caridad

Sirven a los enfermos del hospital: "Hacíamos -dice Símón Rodríguez- las camas, barríamos los suelos, fregábamos los utensilios, hacíamos la limpieza general, atendíamos noche y día a los enfermos, llevábamos los cuerpos de los muertos a las sepulturas, que nosotros mismos habíamos abierto",

La llama de la disponibilidad

Se presentó a Ignacio el embajador de Portugal D. Pedro Mascareñas. Le pidió en nombre del rey Juan III seis misioneros para la India.

- "Señor Embajador", le dijo Ignacio, "si mando seis para la India, ¿cuántos me quedan para el resto del mundo? Os enviaré dos".

Señaló a Simón Rodríquez y a Bobadilla, a quienes el Papa nombraría sus nuncios. Pero como Bobadilla cayó enfermo, Ignacio llamó a Javier:

- "¿Quieres ir tú?", le dijo.

- "Dispuesto estoy", contestó Javier.